La lentitud de las reformas (spagnolo)

1284707672_1Orlando Freire Santana Diario De Cuba

Los cambios realizados hasta ahora no logran mejorar los indicadores macroeconómicos ni aumentar el nivel de vida de los ciudadanos.

La mayoría de los observadores coinciden en que el actual proceso de reformas económicas oactualización del modelo, como prefiere denominarlo el oficialismo, se mueve a dos velocidades: por una parte se aprecia un mayor dinamismo en lo referido a la cooperativización de pequeños establecimientos estatales, la entrega de tierras ociosas en usufructo, así como la ampliación del trabajo por cuenta propia; pero por otra, resultan evidentes el inmovilismo o la lentitud en las grandes y medianas empresas, y la persistencia de ciertas estructuras y disposiciones que obstaculizan el avance de la agricultura.

No faltan voces, por supuesto, cercanas a la maquinaria de poder, que intentan justificar las dos velocidades, aseverando que la rapidez se asocia con medidas tácticas, mientras que el andar pausado se relaciona con decisiones de corte estratégico, las cuales habría que adoptar con extrema cautela para evadir los errores y bandazos que mucho han dañado a nuestra economía.

Lo cierto, sin embargo, es que la vertiente pausada de las reformas es la que parece conformar el verdadero rostro de las transformaciones, y la que estaría impidiendo, hasta el momento, que los cambios se hayan revertido en un mejoramiento de los indicadores macroeconómicos o del nivel de vida de la población.

Por ejemplo, a pesar del anuncio de un nuevo reglamento para la empresa estatal con vistas a incrementar la eficacia, el proceso de racionalización de plantillas se haya muy retrasado. Y ese proceso no constituye una medida más: se trata de un paso clave para que las empresas ganen en organización y eficiencia, y al final se consigan los anhelados aumentos en la producción y la productividad del trabajo.

Tales crecimientos en la producción y la productividad, por su parte, deben de ser las premisas de la no menos ansiada reanimación salarial en el sector estatal, cuyos deprimidos niveles, a no dudarlo, se inscriben entre los problemas más graves que afronta la economía.

Según estudios realizados, el valor promedio del salario real en empresas y entidades estatales el pasado 2011 —no el salario nominal, sino el real, que es el que determina el poder adquisitivo de los ciudadanos— apenas fue de un 26% con respecto al valor que lograba en 1989. Y mientras el salario no le alcance a la inmensa mayoría de los trabajadores para acceder a una vida decorosa, proseguirá la famosa “pirámide invertida”, es decir, el abandono de las ocupaciones estatales por técnicos y profesionales en busca de labores emergentes, vinculadas con el turismo o el negocio privado, que les reporten mayores ingresos. De igual forma, fenómenos como la prostitución, que al menos en La Habana exhibe ya proporciones alarmantes, continuarán contando con un considerable caldo de cultivo.

Ambigüedad, contradicciones 

A la hora de analizar la lentitud de las reformas en las entidades estatales es preciso tomar en cuenta dos elementos: la ambigüedad y las contradicciones.

La primera viene dada por la no muy clara relación que se establece entre la planificación y el mercado. Se dice —y así lo dispone el reglamento— que la empresa estatal debe poseer un alto grado de autonomía. Esa autonomía presupone el creciente empleo de mecanismos del mercado, como son fijar los precios a sus producciones, escoger a sus clientes y proveedores, y poder decidir qué empleo se les dará a las utilidades. Sin embargo, los altos mandos de la economía ratifican que la planificación prevalecerá sobre el mercado, con lo cual las prerrogativas anteriores, así otras que faciliten el trabajo empresarial, pueden quedar en letra muerta.

No es casual que buena parte de los empresarios perciban que la planificación centralizada, en vez de flexibilizarse, se haya acrecentado.

Al mismo tiempo, resulta contradictorio el mantenimiento de una legislación para el trabajo por cuenta propia que desestimule la contratación de más de cinco trabajadores, al tenerse que enfrentar una carga impositiva superior. Si se precisa eliminar un millón de puestos de trabajo en el sector estatal, no es difícil imaginar que sean las labores por cuenta propia las que mejor podrían asimilarlos, ya que ni el cooperativismo, ni el arrendamiento de tierras ociosas, deben de ofertar las capacidades suficientes para ello.

Está claro que tales ambigüedades y contradicciones no son más que una manifestación del temor de las autoridades ante la posibilidad de que los cambios económicos aceleren las demandas en pos de transformaciones políticas.

La agricultura no despega

En cuanto a las trabas que aún entorpecen el despegue de la agricultura, podríamos sintetizarlas en el devenir de las Unidades Básicas de Producción Cooperativas (UBPC). Recientemente fueron anunciadas una serie de medidas para revitalizar estas entidades que languidecían tras 19 años de funcionamiento.

Tras enumerarse algunas facilidades que les otorgan las nuevas disposiciones, se aclara que el plan de la economía nacional será desagregado hasta el nivel de cada UBPC. Eso significa que el Estado podrá decidir qué va a producir cada una de ellas, y en qué cuantía, así como lo que deberán destinar para vender a las empresas de acopio estatal, con los precios fijados seguramente por estas últimas. Entonces, ¿dónde queda la añorada e imprescindible autonomía de las UBPC?

Como expresamos al principio, los cambios realizados no han logrado un mejoramiento de los indicadores macroeconómicos, ni un aumento apreciable en el nivel de vida de la mayoría de los cubanos, aspectos de vital importancia si se pretende lograr un consenso favorable a las reformas. El crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) se muestra bajo desde 2008, y en los últimos años no alcanza el promedio logrado por otros países de América Latina y el Caribe.

Mientras tanto, la población padece la escasez de innumerables artículos de primera necesidad, y contempla sus bolsillos depredados por unos precios que no acaban de bajar.